jueves, 17 de mayo de 2007

La necesidad de conocer y el miedo al conocimiento. Abraham Maslow














La necesidad de conocer y el miedo al conocimiento
El miedo al conocimiento
Evasión del conocimiento
Angustias y peligros del conocimiento

"Desde nuestro punto de vista, el mayor descubrimiento de Freud es que la causa más importante de muchas enfermedades psíquicas consiste en el temor al propio conocimiento-el conocimiento de las propias emociones, impulsos, recuerdos, capacidades, potencialidades y del propio destino-. Hemos descubierto que el miedo al propio conocimiento es a menudo isomórfico y paralelo al mundo exterior. Es decir, los problemas internos y los problemas externos tienden a ser profundamente parecidos y a encontrarse en mutua relación. Por eso hablemos sencillamente al miedo al conocimiento en general, sin distinguir con demasiada precisión entre temor del conocimiento interior y temor del conocimiento exterior.
En general esta clase de temor es defensivo, en el sentido de que constituye una protección de nuestra propia estimación, de nuestro amor y respeto por nosotros mismos. Tendemos a asustarnos de cualquier conocimiento que pueda hacernos sentir desprecio por nosotros mismos, sentirnos inferiores, débiles, inútiles, malvados, sin escrúpulos. Nos protegernos a nosotros mismos y a la imagen ideal que de nosotros hemos forjado, mediante la represión y defensas similares, que son esencialmente técnicas que nos permiten evitar adquirir conciencia de verdades desagradables y peligrosas. En psicoterapia, a las maniobras mediante las que seguimos evitando esta conciencia de la verdad penosa, a los modos con que nos oponemos a los esfuerzos del terapeuta por ayudarnos a conocer la verdad, los denominamos “resistencia”. Todas las técnicas del terapeuta son, de un u otro modo, reveladoras de la verdad o maneras de infundir fortaleza al paciente para que pueda soportar la verdad. (“Ser honesto consigo mismo es el mayor esfuerzo que un humano puede realizar” S.Freud)
Hay, sin embargo, otro tipo de verdad de la que tendemos a evadirnos. No sólo nos aferramos a nuestras psicopatologías sino también tendemos a rehuir del desarrollo personal. De esta manera nos encontramos con otro tipo de resistencia, una negación de nuestro aspecto más activo, de nuestras cualidades, de nuestros mejores impulsos, de nuestras potencialidades más elevadas, de nuestra creatividad. En resumen, se trata de una batalla contra nuestra propia grandeza, del temor a la arrogancia.
Llegados a este punto, tenemos que recordar que nuestro mito de Adán y Eva, con su peligroso Árbol de la Ciencia que no debe ser tocado, tiene paralelo en otras muchas culturas que sienten también que el conocimiento último es algo que reservado a los dioses. La mayor parte de las religiones han mantenido tendencias anti-intelectualistas (junto con otras muchas tendencias, jeje ) algunas muestras de preferencias por la fe, la creencia o la piedad antes que por el conocimiento, o el sentimiento de que algunas formas de conocimiento resultaban demasiado peligrosas de intentar y, por lo tanto, era mejor prohibirlas o reservarlas para una minoría privilegiada. En casi todas las culturas, estos revolucionarios que desafiaron a los dioses intentando descubrir sus secretos, fueron castigados duramente, desde Adán y Eva a Prometeo y Edipo, y han sido recordados como ejemplo para los demás, a fin de que no intente emular la divinidad.

Y, si se me permite decirlo de manera muy condensada, es precisamente la imagen de la divinidad en nosotros mismos aquello hacia lo que nos sentimos ambivalentes, por lo que nos sentimos motivados y contra lo que estamos a la defensiva. Éste es un aspecto del conflicto básico humano, que somos a la vez gusanos y dioses. Todos nuestros grandes creadores, nuestras personas deiformes, han testimoniado respecto al valor que se necesita en el momento solitario de la creación, al afirmar algo nuevo (contrario a lo anterior). Es un tipo especial de osadía, de destacarse sólo al frente, de reto, de desafío. Es muy comprensible el momento de temor, pero debe ser superado a pesar de todo, para que pueda existir la creación. Así pues, el descubrimiento de un gran talento en uno mismo puede, ciertamente, ser motivo de alegría, pero también puede serlo de miedo respecto a los peligros, responsabilidades y deberes de todo líder y de quien está solo. La responsabilidad puede ser considerada como una carga penosa y evadírsela hasta donde sea posible.
Unos pocos ejemplos clínicos clásicos podrán enseñarnos muchas cosas. En primer lugar, tenemos un fenómeno relativamente corriente en la terapéutica con mujeres. Muchas mujeres brillantes caen en el problema de identificar inconscientemente inteligencia y masculinidad. Indagar, investigar, afirmar, descubrir, son actividades que ella puede sentir como anuladoras de su feminidad, especialmente si su esposo o compañero, inseguro en su masculinidad, se siente amenazado por ellas.
Muchas culturas y muchas religiones han impedido a las mujeres el conocimiento y el estudio, y yo creo que una de las raíces dinámicas de esta acción es el deseo de conservarlas “femeninas” ( en un sentido sadomasoquista ) por ejemplo las mujeres no pueden ser sacerdotes o rabinos
El hombre tímido puede tender asimismo a identificar la curiosidad investigadora como un desafío hacia los otros como si de algún modo, por ser inteligente y buscar la verdad, tendiera a ser dogmático, osado y varonil sin capacidad de retroceso, y como si tal actitud atrajera sobre él la cólera de otros hombres más fuertes y maduros. De este mismo modo, los niños pueden identificar la curiosidad investigadora como una invasión de las prerrogativas de sus dioses, los poderosos adultos. Naturalmente, es aún más fácil encontrar en los adultos la actitud complementaria. Muchas veces encuentran enojosa la curiosidad incesante de sus hijos e incluso algunas veces pueden hallarla peligrosa y amenazadora, especialmente cuando se manifiesta acerca de temas sexuales. Es aún una excepción el padre que aprueba y disfruta con la curiosidad de sus hijos. Algo similar puede observarse en los explotados, los oprimidos, la minoría débil o el esclavo. Éste puede temer saber demasiado, explorar libremente. Ello podría atraer sobre él la cólera de sus señores. En tales grupos es corriente una actitud defensiva de pseudo-estupidez. En cualquier caso, el explotador o el tirano, de acuerdo con la dinámica de la situación, no es probable que aliente la curiosidad, el aprendizaje y el conocimiento en sus subordinados. Cuando la gente sabe demasiados, es probable que se rebele. Tanto el explotado como el explotador se ven forzados a considerar el conocimiento como algo incompatible con ser un buen esclavo, diligente y bien adaptado. En tal situación, el conocimiento resulta peligroso, muy peligroso. Un estado de debilidad, de subordinación o de muy baja auto-estimación, inhibe la necesidad de conocer. La mirada directa, fija e inhibitoria, es la técnica principal que utiliza un mono dominante para establecer su liderazgo. El animal subordinado aparta su mirada de forma característica.
Esta dinámica puede observase algunas veces, desgraciadamente, incluso en las clases. El estudiante realmente brillante, el que pregunta con avidez, el que investiga por su cuenta, especialmente si es más brillante que su maestro, es tenido por insolente, amenaza para la disciplina y desafío a la autoridad de sus profesores. (…)
A un nivel inconsciente, el conocimiento considerado como un intruso, como un invasor, como una especie de equivalente sexual masculino, puede ayudarnos a comprender el arcaico complejo de emociones conflictivas que se apiñan en torno al niño que se asoma a un mundo de secretos, a lo desconocido; en torno al sentimiento de algunas mujeres, de contradicción entre femineidad y conocimiento atrevido; entorno al a los sentimientos del oprimido acerca del conocimiento como prerrogativa de su dueño; en torno al temor que el hombre religioso siente acerca del conocimiento como invasor de la jurisdicción de los dioses; todo esto es peligroso y produce daño. El conocimiento, en cuanto tal, puede ser un acto de autoafirmación".

Extracto de un capítulo del libro de Abraham Maslow "El hombre autorrealizado"